domingo, 16 de septiembre de 2012

“20 de julio de 1813, las Cortes de Cádiz conocen una exposición del Ayuntamiento Constitucional de Membrilla presentada por el Diputado D. Ramón Giraldo Arquellada”.


Ramón Giraldo Arquellada, natural de Villanueva de los Infantes, donde nació el 28 de abril de 1767, tuvo una vida apasionante, agitada y azarosa. Sacrificó su salud, su familia y su patrimonio en defensa de los principios liberales, siendo víctima del despotismo, la injusticia y la intriga.

Fue político y jurista, Diputado y Presidente de las Cortes en varias ocasiones, Regente de la Audiencia de Valladolid, Fiscal del Consejo de Navarra, Consejero del Rey, Oidor de la Real Audiencia de Valencia, miembro del Tribunal de Cuentas, Subdelegado de Fomento en la provincia de Albacete y Magistrado y Presidente del Tribunal Supremo de Justicia.

 Desarrolló una brillante carrera profesional y política. 

Siendo Fiscal del Consejo de Navarra, en abril de 1808 tuvo el honor de estar en Bayona al mismo tiempo que sus majestades los Reyes de España desempeñando delicados encargos con fidelidad y patriotismo.

El día 16 de agosto de 1810 fue elegido con 12 votos Diputado por la provincia de la Mancha para las Cortes Generales y Extraordinarias encargadas de elaborar la Constitución de 1812.

Tuvo el honor de presidir las Cortes de Cádiz desde el 24 de agosto al 23 de septiembre de 1811, periodo en el que se comenzó a discutir el proyecto formado para el arreglo y mejora de la Constitución política de la Nación española que finalmente fue promulgada el 19 de marzo de 1812.

También se ocupó de los asuntos que afectaban a la provincia de La Mancha. En la sesión del 20 de julio de 1813, presentó una exposición del ayuntamiento constitucional de Membrilla aprobada el 11 de julio en la que felicitaba al Congreso por la abolición de la Inquisición, los Señoríos y otros decretos benéficos, al tiempo que solicitaba a la Regencia del Reino sobre el origen y destino de la contribución conocida como <Merced de amigos> que únicamente pesa sobre la apreciable clase de los trabajadores”[1]:

“Señor, el ayuntamiento constitucional de esta villa de Membrilla congratula a V.M. por haber abolido el Tribunal de la Inquisición, cuyo decreto se ha leído hoy por tercera vez en la iglesia parroquial. El vecindario, en cuyo nombre los individuos de él felicitan a V.M., ha oído con gusto semejante lectura, al ver que V.M. ha depositado en las autoridades legítimas, instituidas por Jesucristo, la potestad de castigar la herejía y conservar pura y limpia a nuestra sagrada religión católica.

También da las gracias este pueblo a V.M. por haber extinguido los señoríos, las sanguijuelas de los visitadores de montes y el voto de Santiago, y espera de la justicia y sabiduría de V.M. la abolición de otras gabelas que no son más que trabas al honrado y casi destruido labrador, como la Merced de Amigos y otras, que después de arruinar a aquel, queda su utilidad entre manipulantes y no en beneficio del Estado.

Los habitantes de este vecindario han sido los primeros en presentarse ante las aras del Ser Supremo por la existencia y conservación de las actuales Cortes, que tan sabiamente nos dirigen para conseguir enteramente nuestra soberanía e independencia y han oído siempre con gusto a su cura párroco D. José Cándido de Peñafiel, en cuyos discursos no se oye más que la voz del Evangelio y la obediencia que debemos prestar al augusto y nacional Congreso. Por tanto, señor, este ayuntamiento confiado en la benevolencia de V.M. y en el amor y agrado con que atiende a sus pueblos, no teme acercarse a V.M. para rendirle los homenajes de su más eterno reconocimiento por las sabias disposiciones con que ha asegurado la patria, y últimamente, por la Constitución de la Monarquía que hemos jurado solemnemente, y por la Diputación Provincial, que por sí sola basta para hacer el fomento y prosperidad de la provincia. 

En consecuencia pues, este pueblo tiene hoy la dicha de admirar a V.M., de unirse en sus votos y súplicas con los demás pueblos que le obedecen, para pedir al Dios de los ejércitos que siga iluminando a V.M., como lo ha hecho hasta aquí, puesto que sin el auxilio de Dios no era posible que el augusto Congreso hubiera tenido los aciertos que hemos experimentado, no tampoco sin la asistencia del todopoderoso puede darse tanta justicia, tanta sabiduría como la que V.M. ha manifestado en sus soberanas resoluciones y decretos.

Dios Nuestro Señor guarde a V.M. su importante vida dilatados años para fidelidad de esta Monarquía. Membrilla, 11 de julio de 1813. Vicente de Heredia, Pedro Antonio Morales, Francisco Barranco, Nicanor López Peláez, Juan García Núñez. Gaspar Sánchez Mateos, Secretario”.

Después del Pronunciamiento de Riego fue nombrado en mayo de 1820, Ministro del Supremo Tribunal de Justicia.

El 21 de mayo de 1820 fue elegido Diputado por la provincia de La Mancha.

La llegada a España de los Cien Mil Hijos de San Luis para restablecer el absolutismo, supuso para Ramón Giraldo el inicio de un proceso de impurificación y retiro forzoso desde octubre de 1823 en Torre de Juan Abad alojado en la mismísima casa de Quevedo. En este periodo sufrió toda clase de privaciones viviendo en la mayor indigencia.

El 20 de mayo de 1834 fue elegido por la Junta Electoral celebrada en la capital, Diputado por la provincia de Ciudad Real.

En 1841 le fue concedida la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.

En 1843 fue elegido Diputado por la provincia de Albacete. Fue Presidente interino de la Cámara de Diputados desde el 3 de abril de 1843 hasta el 30 de abril de 1843.

El 30 de julio de 1843 el Gobierno encargó interinamente la presidencia del Supremo Tribunal de Justicia a D. Ramón Giraldo.

En agosto de 1845 fue nombrado Senador Vitalicio por la reina Isabel pero no llegó a tomar posesión al renunciar al cargo.

Murió el 29 de marzo de 1849. De su muerte se hicieron eco varios periódicos, El Observador el 31 de marzo, La Época y El Clamor Público el 1 de abril o El Genio de la Libertad el 12 de abril:

“Con dolor anunciamos á nuestros lectores la sensible pérdida del antiguo y virtuoso magistrado D. Ramón Giraldo, cuyas bellas prendas como juez y como ciudadano tuvieron ocasión de apreciar cuantos le trataron de cerca. La magistratura española ha perdido en este respetable octogenario, uno de sus mas ilustres individuos, el partido progresista uno de sus más consecuentes adalides, y la nación uno de sus mas apreciables hijos. ¡Séale la tierra leve!”.


[1] Diario de Sesiones del 20 de julio de 1813 y Diario El Conciso, miércoles 21 de julio de 1813.

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